Origen e historia de las barricas de vino

Barricas
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El origen celta de las barricas

El uso de las barricas y otros toneles de madera en la elaboración y crianza de los vinos está muy extendido en todo el mundo. Estos recipientes se fabrican de forma artesanal, total o parcialmente, principalmente con maderas de roble francés o americano que se someten a diferentes grados de tostado. Las barricas son elementos indispensables en la elaboración de muchos vinos y les confieren características de sabor, color y aroma que no alcanzarían en otros recipientes. Pero esta no es la razón histórica por la que se empezaron a utilizar.

Hoy, dedicamos estas líneas a hablar del origen de las barricas y por qué se ha extendido tanto su uso.

Historia e importancia de las barricas y otros toneles de madera

El desarrollo y apogeo de las civilizaciones griega y romana, desde el 2.000 a.C., trajo consigo una mayor producción y consumo de vino en todo el continente. Sin embargo, los recipientes que estas civilizaciones empleaban para su transporte y almacenamiento eran principalmente jarras y ánforas de arcilla y barro cocido. Recipientes que ya habían sido empleados por civilizaciones más antiguas, como la egipcia, para transportar todo tipo de líquidos y, como no, también el vino. Las ánforas y jarras presentaban un gran problema, especialmente a la hora de transportar el vino, y es que eran poco resistentes a los golpes y se rompían con facilidad, ocasionando pérdidas del preciado líquido.

No fue hasta que los romanos llegaron a la antigua Galia que descubrieron la existencia de las barricas para almacenar líquidos. El pueblo Celta, asentado en las zonas centrales de Europa, más frías y húmedas, pero también con más bosques, había aprendido a trabajar la madera y a calentar las tablas para poder darles forma. Siguiendo un proceso similar al que empleaban para fabricar sus barcos, los Celtas comenzaron a fabricar barricas de madera que empleaban, principalmente, para almacenar cerveza. Los romanos no dudaron en imitar la costumbre celta pero esta vez para almacenar y transportar el vino.

El descubrimiento supuso toda una “revolución” en la época, ya que permitía transportar grandes cantidades de vino sin que éste se derramase. Además, la forma de los barriles permite moverlos fácilmente, aún siendo de grandes dimensiones, por una persona sola haciéndolos rodar sobre sus “barrigas” si están vacíos o sobre la “testa” si están llenos (del mismo modo que se continúa haciendo hoy en día).

Las barricas que fabricaban los Celtas eran muy similares a las de hoy en día, o prácticamente iguales: estaban formadas por duelas de madera cuyo único elemento de unión era la compresión entre ellas y los aros de mimbre o madera que se colocaban alrededor (hoy en día de metal). En un principio se empleaban maderas de pino, haya, cerezo, castaño, roble, fresno, acacia y abeto. Posteriormente el roble se empezó a usar cada vez más debido, sobre todo, a su abundancia y resistencia.

Así, poco a poco las barricas y toneles de madera fueron ganando terreno a las jarras y ánforas como recipientes para el transporte de vino, hasta el punto de que, hasta hace relativamente poco, a mediados del siglo XX, los toneles de madera seguían siendo los principales recipientes para transportar y comercializar vino. Hay que tener en cuenta que las botellas de vino, tal y como las conocemos hoy en día, no se comenzaron a fabricar hasta el año 1821 y la comercialización de vinos embotellados a gran escala tardó aún muchos más años en llegar.

A partir del siglo XVI las barricas posibilitaron el desarrollo y expansión del comercio del vino, especialmente por barco, una actividad que dio lugar al término tonelaje, que originalmente significaba el número de toneles de madera que un barco podía transportar.

El uso intensivo de los toneles de madera en la comercialización del vino hizo necesario estandarizar su volumen y buscar una relación superficie/volumen óptima. Así fue como surgieron las botas jerezanas y las pipas de Oporto (de 500 litros) y las famosas barricas bordelesas (de 225 litros). Éstas últimas son muy empleadas actualmente para fermentar y envejecer vinos, y su uso se estandarizó a partir de 1836.

Durante siglos, la labor de los toneleros cobró especial relevancia y se consideraba uno de los oficios más valorados, no solo por la dificultad de fabricar toneles sino también de repararlos. En la Edad Media los toneleros ingleses representaban un destacado sector de la sociedad y eran los únicos que podían descargar el vino que llegaba en los barcos.

Uso de las barricas y toneles en la elaboración de vinos

El transporte del vino en toneles de madera sirvió, entre otras cosas, para percatarse de que el almacenamiento en estos recipientes confería a los vinos cualidades que no se obtenían de otra manera. En algunas ocasiones, ciertos vinos mostraban un perfil mejorado con respecto al vino inicial al pasar un periodo en el tonel. También se veían diferencias en los vinos según el número de usos que tuviera el tonel, el tipo de madera con el que se había fabricado y el grado de tostado de las duelas.

Todas estas observaciones dieron lugar a lo que hoy es una práctica habitual en la enología y en la elaboración de ciertos vinos. La estandarización en la producción de botellas de vidrio y el avance en el conocimiento de la química del vino propició el salto del uso de las barricas como recipientes para el transporte a recipientes para el almacenamiento y la crianza. Prácticas que hoy consideramos muy tradicionales en el mundo del vino, como el uso de barricas nuevas, no se comenzaron a implantar de forma extensa hasta bien entrado el siglo XX. A partir de la década de 1980 los Grand Cru Casèe del Medoc implantaron la fermentación y la crianza en barricas de roble nuevas y, a mediados de la década de 1990 esta práctica se extendió en España, principalmente en La Rioja.

Hoy en día las barricas y toneles se emplean tanto para la fermentación como para la crianza de vinos, y cada elaborador busca diferentes aportes y cualidades, pudiendo emplear toneles nuevos o con varios usos, de diferentes volúmenes, diferentes grados de tostado de las duelas, de madera de roble francés, roble americano o castaño, entre otras. Cada tipo de recipiente confiere diferentes cualidades al vino, muchas de las cuales son bien conocidas por elaboradores y enólogos, y otras que todavía dan pie a la exploración de nuevos perfiles en los vinos.

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