El Titán de las letras latinoamericanas: Gabriel García Márquez.

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García

Sobre la Marcha. 

Por Rafael Martínez de la Borbolla 

@RafaBorbolla

Para mi amada Adelita; faro de luz en medio de mi oscuridad. 

Para siempre tu voz y sonrisa en el vacío de la gran ciudad. 

“Sólo la poesía es clarividente.”Gabriel García Márquez

Gabriel García Márquez nació en Colombia pero eligió México para enamorarse, volar hasta el infinito, dejar su historia y morir. 

El domingo 6 de marzo de 1927 en un pueblito colombiano de nombre Aracataca, imagen de miles de puequeños y olvidados pueblos en America Latina, que en la mano de Gabriel García Márquez saltó a la luz del mundo con una palabra mágica: Macondo, alrededor de las nueve de la mañana, en medio de una tormenta poco habitual para esa época del año, Doña Luisa de tan sólo 21 años, parió a un niño, primogénito de doce hijos, que cariñosamente sería conocido como Gabito y se convertiría en ilustre contador de historias y orgullo de todo un Continente. 


Fue un parto difícil y su tía abuela, Francisca Cimodosea Mejía, propuso que lo frotaran con ron y le echaran agua bendita, por si había algún otro percance. A juzgar por la épica vida del niño, el extraño menjurje de ron y agua bendita de la tía Panchita produjo en su querido sobrino el efecto contrario: encendieron fantásticas y mágicas visiones en su mente en desarrollo, imponiendo sobre su destino la estrella luminosa de la genialidad.


En sus libros Gabo atrapa la belleza oculta, pero no de las dimensiones invisibles, sino de nuestra propia existencia mundana mezclándola con esa magia que solo los latinos, que hasta nos burlamos de la muerte podemos reconocer, su inspiración es el mundo en que vivimos, entremezclando mito con realidad. Con sus luminosos relatos el genio colombiano se identifica con un nosotros incluyente y, al lograrlo, los mundos paralelos de su imaginación se convierten en referentes universales. Su obra fue fecunda, con títulos como “El otoño del patriarca” (1975) donde dibuja un retrato hablado del dictador que nunca se acaba de morir, no tiene nombre pero sí todas las características de un déspota que, a base de represión y paternalismo, trata de manipular la realidad a su antojo, y cuentos como “Isabel viendo llover en Macondo” (1968). En todos aparece el drama cotidiano de la vida humana convertido en empatía, retrarando la vida, injusticias y lucha en la que sobreviven la mayoría silenciosa de los latinoamericanos. Quizá ese es su mayor logro.


En los años 40’s influido por lecturas de libros de escritores como Kafka, Camus y Joyce, comenzó a escribir una novela, titulada “La casa”, fundamento de lo que más tarde fue su obra cumbre, “Cien años de soledad” (1967). En su libro “El amor en tiempos del cólera” (1985), narra el romance entre dos parejas casadas.


Con “Cien años de soledad”, cuya narrativa se le ocurrió mientras conducía por la carretera a Acapulco para disfrutar de unas vacaciones en familia. De repente, se le vino una maravillosa epifanía que lo inspiraría a escribir la novela, para frustración de sus pasajeros, dió la vuelta al automóvil y regresó a la Ciudad de México, donde vivía, la que escribiría en dieciocho meses,  llegando con ella la estrella que le había marcado el destino. 

García Márquez no tenía ni para papel de máquina de escribir. Ello se debía a la forma de trabajar del autor, que rompía folios mal escritos o con erratas. Empeñaron el automóvil. Los amigos les prestaron dinero, les llevaban viandas y a cambio solo querían que el colombiano les recitara pasajes de la novela. El mundo no la sabe, pero una obra magna está en gestación. 

Un año después, en marzo de 1965, Mercedes, su mujer, le preguntó cuánto tardaría en terminar la novela: «Seis meses», contestó. Es decir, en septiembre. La terminó en agosto. Fue a la oficina de correos con su mujer, pues querían enviar el texto a la Editorial Sudamericana, en Buenos Aires.

Eran quinientas cuartillas a máquina a doble espacio. El empleado pesó el paquete y les pidió 82 pesos. Mercedes contó el dinero y solo tenía 53. Entonces, dividieron el paquete por la mitad, y enviaron una de ellas. Enviarían la otra cuando tuvieran más dinero así que buscaron más cosas que empeñar. ¿La máquina? Eso no. Un calentador, una batidora, los anillos matrimoniales. No hicieron falta estos últimos: en el Monte de Piedad les dejaron dinero y la pareja envió la otra mitad. Entonces se dieron cuenta de que habían enviado primero la segunda parte. Mercedes dijo:

«Lo único que falta ahora es que la novela sea mala».

El libro ha sido traducido a 37 idiomas vendiendo más de 35 millones de ejemplares alrededor del mundo. “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevo a conocer el hielo…” con esta frase ya parte de la leyenda de la literatura hispana inicia el libro.


La obra describe con la aplicación a su máxima expresión de el realismo mágico, a varias generaciones de la familia Buendía con todas sus venturas, desventuras, creencias, miedos, amores, odios y pasiones de los fundadores de Macondo; un pueblo en una maraña de selva, montaña y pantanos. Este gentilicio lo concibió durante un viaje realizado con su madre en tren a los 23 años con el propósito de vender la casa familiar, según explicaba en su libro de memorias “Vivir para contarla”: “El tren hizo una parada en estación sin pueblo, y poco después pasó frente a la única finca bananera del camino que tenía el nombre escrito en el portal: Macondo”. El autor reconoce que “lo había usado ya en tres libros como nombre de un pueblo imaginario cuando me enteré en una enciclopedia de que es un árbol del trópico parecido a la ceiba, que no produce flores ni frutos”. La Macondo imaginaria ofrece muchos ecos del poblado donde nació del autor y que representa a miles de comunidades en la América Latina.


Don Gabriel fue un observador de la memoria cotidiana, poseía un conocimiento innato de la conducta humana, entendió sus luces y también sus sombras, adquiriendo una sabiduría popular que trasmitió con una narrativa magistral en sus obras, llegando a conclusiones tan francas y directas como que “El Sexo es el consuelo para los que ya no tienen amor” en su libro “Memorias de mis Putas Tristes”.


En “Crónica de una Muerte Anunciada”; el drama y la tensión crecen a cada página. Como suele suceder en la vida real, todos saben lo que se planea, lo que acontece excepto el interesado. La virtud de esta crónica, consiste en que motiva a continuar la lectura pese a conocerse de antemano la suerte del protagonista, pues leemos en la primera línea: “El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5:30 de la mañana”. Se cuenta qué ocurrió. De cómo las circunstancias, omisiones o destino impiden que el afectado conozca lo que ya saben todos en el pueblo de Manaure: su inminente asesinato por parte de los hermanos Vicario. Del cómo de los sucesos nos enteramos en detalle sólo al final del relato, cuando los hilos del destino han sido vueltos a tejer, sin resolver por completo, con la escritura, el misterio de la trama, porque la duda permanece; ahora con una fuerza lógica fundada en el prejuicio de lo supuesto íntimo, y en el espejismo de verdades públicas aparentes. Nos recuerda que a veces el destino está de antemano escrito. Pasará lo que tiene que pasar.


En su obra “El coronel no tiene quien le escriba,” el protagonista vive esperando eternamente una carta donde se le otorgara su pensión por haber participado en la guerra, una vez más este titán de las letras, de forma paralela describe lo que acontece en el sentimiento de sus semejantes, esa espera que asfixia y angustia por una nueva oportunidad, por un negocio, un amor, un acto de justicia, una reivindicación, que la mayoría de las veces no llega, pero que de cierta manera nos hace permanecer vivos. Todo acontece a partir de esta espera y el autor da lujo a los simbolismos como el estar rodeado de objetos que le recuerdan su ubicación entre el pasado y el futuro, tiene que vivir bajo esta tensión del tiempo. 

Especialmente la existencia del reloj, al que el coronel da cuerda todos los días, le recuerda sin piedad el avance del tiempo. Este reloj, que nunca se vendió́ a pesar de un intento realizado por el mismo coronel, no le permite escaparse de este presente angustioso y de una interminable espera. De manera por demás magistral el escritor nos demuestra que en la vida la incertidumbre es el mayor de los males y la esperanza es la vida defendiéndose.


La leyenda comenzó el 17 de abril de 2014: Gabriel García Márquez premio Nobel de Literatura 1982, hijo pródigo de Colombia y representante de la lengua española al nivel de Miguel de Cervantes Saavedra, falleció en medio de una despedida apoteósica de algarabía, cariño, nostalgia y colores a los 87 años de edad un jueves Santo, coincidencia o no, igual que Úrsula Iguarán, personaje que creó en su obra cumbre Cien años de soledad.

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